PREGÓN LITERARIO FIESTAS DE SAN ANTOLÍN (2009). Jesús Coria

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Fotografía Norte de Castilla (Merche de la Fuente)

Interior del Teatro Principal

Sr. Alcalde, Sr. Concejal de Cultura, concejales del Excmo. Ayuntamiento de Palencia, autoridades, compañeros y alumnos del Instituto “Jorge Manrique”, ciudadanos todos

Quiero agradecer, en primer lugar y antes de comenzar este discurso, mi nombramiento como pregonero de estas fiestas de San Antolín del año 2009. Sé que este honor, otorgado por el Alcalde-Presidente de la Corporación local es una apuesta por el mundo de la educación, al que pertenezco, y espero corresponder convenientemente con mi aportación de hoy.

Aunque supongo que la estrecha relación que mantengo desde hace ya muchos años con el Ayuntamiento de esta ciudad, no solamente como Director del Instituto “Jorge Manrique” sino también como profesional de la Historia en distintos proyectos e iniciativas culturales, han sido factores fundamentales a la hora de mi elección, me consta que también han contribuido la benevolencia personal y el afecto del Sr. Alcalde-Presidente.

Permítaseme pues, antes de iniciar el pregón, una breve declaración de intenciones como profesor de Historia, lo he sido desde hace tantos años ya que voy cargado de realidades y utopías a tiempo completo, pero, a pesar de esa ya larga trayectoria no abdico de mis principios. Sigo buscando el latido humano dentro de los papeles de los archivos y en los objetos del pasado, cada vez más convencido de que los que hemos dedicado nuestra vida al estudio del hombre en su dimensión temporal somos algo más –parafraseando a Marc Bloch- que coleccionistas del pasado o meros anticuarios.

Creo en la instrucción pública como factor que integra nuestra sociedad, forma y moldea a las generaciones venideras. Creo también en el valor de la excelencia académica, si bien no desconozco que este concepto es despreciado por nuestro tiempo y sustituido por otros que se ajustan más a fórmulas de consumo habituales. Es imposible, certifico desde esta tribuna que me presta la ciudad, dignificar lo público con la sola referencia de la cantidad sin buscar la calidad. Como también fue un engaño para la res publica la enseñanza de una minoría escogida con el desprecio del común de los ciudadanos.

No se me escapa que la conjunción de todo lo que acabo de apuntar es posible con el concurso de las diferentes administraciones, estatal, autonómica –dada la caracterización actual del modelo de organización territorial-, provincial y local. De ahí la búsqueda de la mejor relación del Establecimiento, que tengo el honor de dirigir y representar aquí y ahora, con la institución más representativa de la ciudad en que estamos asentados y que ha constituido una de las líneas maestras de mi actuación en todos mis años de ejercicio como Director. Siempre y en todo momento he encontrado el consejo, la ayuda, el compromiso y la buena disposición de esa Corporación municipal-con unos y otros gestores-, por lo que reitero una vez más mi gratitud y reconocimiento

PREGÓN

El Diario Palentino, en su edición de 3 de septiembre de 1908, citaba dos grandes acontecimientos incluidos en el plan de ferias de ese año. Uno de ellos, el principal, era la ceremonia de colocación de la primera piedra del nuevo edificio del Instituto General y Técnico de Palencia—que de esta forma se denominaban estos Centros educativos desde 1901 y así campea orgullosa su definición rotulada en la zona alta de su fachada principal-; el otro era la inauguración del abastecimiento de aguas a la ciudad. Dos grandes avances: el de la enseñanza y el de la higienización, y un solo protagonista: el conjunto de los ciudadanos. Así son calificados estos eventos –como “avances”- por el columnista del periódico antes citado. Y, en verdad, no se equivocaba el anónimo redactor de ese artículo.

Palencia era entonces una población próspera y confiada en sus posibilidades y futuro, situada en un territorio de grandes posibilidades agrícolas y con una industria próspera. Al llegar a 1900 rozaba los 16.000 habitantes, en una línea similar a las ciudades de Zamora, León y Segovia, y sobrepasaba con mucho a Ávila (11.885) y a Soria (7.151). El potencial humano era netamente inferior en número –dentro siempre del contexto de la actual Comunidad de Castilla y León – a Salamanca (25.690), Valladolid (68.789) y Burgos (30.187).

Convivían en la capital de la provincia cuatro periódicos de cierta relevancia: El Día, Diario Palentino, La Propaganda Católica y Tierra Castellana. Era en ese septiembre de 1908 una ciudad en fiesta, pero que tenía en cuenta dos valores como estandartes de su actuación: la educación y la sanidad públicas. Los mismos que han hecho a las naciones modernas del Occidente europeo ser como son y alcanzar altas cotas de bienestar en esta última centuria.

Para los servicios del agua se decidió utilizar complementariamente una partida de dinero que había donado años antes (1899) un personaje no suficientemente valorado en nuestros días. No es otro que Carlos Casado del Alisal, antiguo alumno de nuestro Instituto y hermano del célebre pintor –que también pasó por sus aulas-, un hombre de negocios, visionario y patrocinador generoso de obras públicas y caritativas –eso que ahora llamaríamos filántropo-, un verdadero prohombre de su país de adopción, Argentina. Alguien que, como acabamos de comprobar, no había olvidado la tierra que le vio nacer. Creo que es el momento de reivindicar su figura y trayectoria, necesitada de un reconocimiento popular.

Gobernaba el Instituto en esos momentos Homobono Llamas, aquel personaje que Ramón Gómez de la Serna –otro de nuestros alumnos célebres- caricaturizó en su Automoribundia como “un hombre chiquitín y bondadoso … que infundía una gran confianza a todo el alumnado”. Era Secretario Ángel Alonso Quiroga, que llegaría un poco después a Director y presidiría la ceremonia de inauguración oficial del nuevo edificio en 1915. Entre el equipo directivo, como Vicesecretario –calificado en El Día como Secretario por error, era Vicesecretario en ese momento- estaba también Arturo Beleña, Catedrático de Física y Química, eminente investigador, y siguiente Director del Instituto por poco tiempo, un solo año.

Presidía el Ayuntamiento otro viejo conocido del Instituto, Ignacio Martínez de Azcoitia, alumno, como una buena parte de su saga familiar, de este Establecimiento. Y el eje se completaba con la actuación del diputado Abilio Calderón, que era también – casualidades o insistente realidad- antiguo alumno de nuestro Instituto, antes de pasar al Colegio de Carrión. A este último personaje, denostado hasta la saciedad por una parte de la historiografía reciente, se le debe reconocer su gestión en la obra del nuevo edificio, lo que se hace también públicamente en la ceremonia de colocación de la primera piedra de 1908.

Hasta tal punto estaba satisfecha la Comunidad educativa por las atenciones y desvelos del Sr. Calderón que se acordó en sesión de Claustro demostrar su agradecimiento con la dedicación de un retrato que debía ser expuesto en la Sala de Profesores. Desconozco si se llegó a efectuar dicho homenaje o, más bien, si se perdió o mandó retirar en algún momento de los últimos años. Ya saben ustedes … la damnatio memoriae romana, ahora bien, en versión postmoderna.

La vida cultural de la ciudad y provincia pasaba por su Instituto de Segunda Enseñanza, nacido en 1845 al amparo de la Ley Pidal. Tras momentos de dura supervivencia frente a las fuerzas reaccionarias y a la dura competencia con los Seminarios, sumergido por momentos en algunos siniestros episodios de luchas personales en la ciudad y provincia, el Centro educativo había sobrevivido a todos los embates. El prestigio de la institución, el gran nivel académico de sus profesores –sobre todo a partir del paréntesis de los primeros años de su recorrido y la aparición de grandes personalidades que provenían de distintos territorios del país- había crecido y marcado un estilo de gran personalidad. La modernidad del sistema de enseñanza, la dedicación y buen hacer de algunos directores, caso de D. Inocencio Domínguez, segundo en la serie tras el canónigo palentino Gaspar de Cos – que llegó más adelante a obispo de Calahorra y La Calzada y fue la solución de compromiso inicial para el arranque del Centro- eran una buena carta de presentación de la enseñanza pública, que se abría progresivamente a amplias capas sociales.

Sus instalaciones estuvieron tocadas de muerte tras la implantación de la Ley Moyano de 1857 por imposibilidades de crecimiento y de respuesta a las exigencias de la nueva normativa, y quién sabe qué hubiera pasado con el propio Instituto. Le salvó la inteligente y decidida actuación del ya citado Director D. Inocencio Domínguez, la generosidad relativa de la Iglesia tras la cesión de unos locales anejos conocidos como “Paneras de Paz y Heredia” – obra benéfica administrada por el Cabildo catedralicio- que le permitieron crecer y subsistir durante más de cuarenta años en el viejo convento desamortizado de San Buenaventura, la actuación decidida de la Diputación, otras veces reticente, y la casi siempre generosa del Ayuntamiento de la ciudad.

Y allí quedó varado, durante setenta años (1845-1915), el caserón definido por Becerro de Bengoa como un edificio “construido a retazos”, en una posición urbana excéntrica -a la vera del río- y con unas instalaciones que constituyeron una verdadera sangría de recursos, que mermaban sustancialmente los presupuestos anuales. La pluma incisiva del autor del “Libro de Palencia”, tras señalar que aunque gozase de “espaciosas cátedras” no era el mejor ejemplo para un edificio de las pretensiones educativas con las que había sido creado, planteaba ya como un objetivo irrenunciable habilitar un local “mejor dispuesto”. No soñaba en esos momentos ni él ni sus compañeros de profesión –estamos en los años ochenta- con la construcción de un edificio de nuevo corte.

Siempre con deseo de modernización y de servicio al entorno que le vio nacer y crecer, los profesores del Instituto de Segunda Enseñanza desempeñaron un papel relevante en la vida cultural de Palencia. Llenaríamos miles de páginas celebrando la intervención del ya citado y conocido Catedrático de Física y Química, Ricardo Becerro de Bengoa, en cuantas tareas culturales se le presentaron a lo largo de su época de residencia en nuestra ciudad, especialmente en la fundación del Ateneo. Hombre de una nueva sensibilidad educativa, dejó en esta ciudad una buena parte de su mejor obra escrita antes de pasar a su destino en el Instituto de San Isidro de Madrid, al mismo tiempo que allí desarrollaba una importante labor política como diputado y cultural como académico de la Real de Ciencias. ¡Pero cuántos otros profesores de esa primera etapa del Instituto de Palencia han pasado desapercibidos para los ciudadanos de nuestro tiempo!. No quiero olvidar en esta ocasión a Santiago Palacios Rugama, colaborador y amigo de Becerro, personaje relevante en los estudios de la filoxera y que nos representó en el más importante Congreso de esta enfermedad celebrado en Zaragoza de 1880. Fue catedrático de Agricultura en este Instituto, primero de forma interina (1877) y luego, tras un paso fugaz por Ávila, en un largo periodo(1884 a 1895) hasta su traslado a Santander.

Aquí impartió docencia Francisco de las Barras de Aragón (1898- 1900), pionero de la Antropología Física en nuestro país, Catedrático de dicha especialidad en la Universidad Central, y uno de los más reputados especialistas que ha dado nuestro país en ese campo. También Mamés Esperabé, el conocido “Rector Esperabé”, antecesor de Miguel de Unamuno en el cargo (1869-1900), fue representante en el Senado(1872-1873) por esta misma provincia de Palencia, de la que parece que no se olvidó . Y qué podemos decir de Julio Cejador Frauca (1906), el filólogo de mayor relieve de su tiempo y más tarde catedrático en la Universidad Central (1914), después de haber impartido docencia en este Establecimiento. Su recuerdo permanece entre nosotros para siempre, gracias a la placa que da nombre a una de nuestras aulas. La lista podría ser demasiado larga para un discurso de estas características: Eloy Blanco del Valle (1907), Catedrático de Historia Natural y Vicedirector de este Instituto de Palencia (1908-1914), manifestó a lo largo de toda su carrera docente su interés por los medios de comunicación. En Ciudad Real, su primer destino como profesor de Instituto y residencia durante dos etapas de su vida –primero como auxiliar (1883) y luego como catedrático tras un paso fugaz por el Instituto de Huelva (1891-1892)- fue director-propietario de el Mensajero Católico y , tras su traslado a León, fundó El Diario de León (1905). No remitieron sus fuerzas en Palencia, ya que aquí dirigió El Día. Hombre polifacético y de gran formación académica, se preocupó por las enseñanzas de otras asignaturas, Matemáticas o Fisiología e Higiene aplicada a la Gimnasia. Faceta más desconocida fue la de su dominio del Dibujo, que le hizo alcanzar el Premio Extraordinario de la Escuela de Artes y Oficios de Salamanca y permitió elaborar unos magníficos cuadros sinópticos para su ejercicio docente. El Instituto de Palencia debe a D. Eloy Blanco una buena parte de las colecciones de fósiles y de la mejora del Laboratorio de Historia Natural, así como al empeño demostrado con los trabajos de campo con los alumnos.

No quiero dejar pasar esta ocasión sin referirme, al menos de pasada, a la nueva generación de profesores –quizá la más brillante de todas- que ocupa el primer tercio de siglo XX. Su estudio nos llevaría fuera del marco cronológico que nos hemos marcado en este discurso, pero me gustaría dejar alguno de los más importantes en el recuerdo de todos ustedes. Con afán de ser esquemático, recurriré tan solo a algunos de los más destacados, y que desde mi punto de vista son paradigmáticos. De todos éstos y otros muchos más tendremos ocasión en próximas fechas, tras la salida de imprenta de alguna de nuestras publicaciones, de conocerlos con más detenimiento.

Amós Sabrás Gurrea, catedrático de Matemáticas (1917-1929), alcalde de Huelva con el advenimiento de la República y primer diputado del PSOE por Logroño, su tierra natal, y más tarde por Huelva. Sabrás fue Presidente de la Asociación Nacional de Catedráticos de Segunda Enseñanza en 1933, hombre de una intensa actividad a favor de la infancia y de su instrucción, autor de trabajos de relevancia para el estudio de las Matemáticas y que, como tantos otros de su generación, hubo de exiliarse fuera de España, recalando en la República Dominica hasta su regreso definitivo a España ya anciano.

Joaquín Carreras Artau obtuvo la cátedra de Psicología y Lógica, Ética y Rudimentos del Derecho en nuestro Instituto en 1920. Alternó la docencia en la Segunda Enseñanza con la Universitaria, algo muy frecuente en estos años, llegando a la Universidad de Barcelona en los años cuarenta. Recibió en vida todos los honores posibles, tanto a nivel nacional como catalán y no perdió jamás su vocación pedagógica.

Miguel Catalán Sañudo, catedrático de Física y Química en este Centro en 1920, es –sin ningún género de dudas- uno de los más grandes científicos españoles de todos los tiempos. Representante del denominado “exilio interior”, solamente la Guerra Civil y sus secuelas-estuvo casado con Jimena, hija de Menéndez Pidal- le impidieron alcanzar el Premio Nobel con sus estudios de espectroscopia. Sus estudios fueron admirados en las Universidades más importantes de su tiempo y seguidos por los científicos más laureados. Repuesto en 1946 y director, años más tarde, del Departamento de Electroscopia del CSIC, tuvo la desgracia de no poder llegar a pronunciar su discurso como Académico en la Real de Ciencias

Elegidos estos tres profesores como representantes de un plantel verdaderamente, no quisiera olvidar a Eduardo García de Diego, Catedrático de Latín de este Instituto desde 1914, Ricardo Pradels, médico, profesor de Gimnasia (1916) y uno de los héroes de la epidemia de la gripe de 1918 en Aragón, Juan Morán Samaniego, también Catedrático de Latín (1919-1936), represaliado con motivo de la Guerra Civil, o Félix García Bláquez, catedrático de Filosofía, (1932). Todos estos y tantos otros más que dejo en el tintero, suponen el ejemplo de la dimensión académica del profesorado de este Instituto. Naturalmente, tras la Guerra Civil, aparecerá otra nueva generación – ya muy lejos de nuestro marco cronológico de hoy- pero que continúa con personalidades como Felipe Ruiz Martín, Jesús Castañón o Julio Valdeón – por citar tan solo a tres muy representativos de un buen elenco profesional-, hasta nuestros días. Tendremos ocasión y tiempo para dedicarnos a ellos, aunque sé que algunos de los citados son más conocidos por el gran público, dada su proximidad a muchos de nosotros.

La labor de estos grandes profesores y su calidad personal y profesional se dejó notar en la formación de varias generaciones de alumnos en la ciudad. Dedicados a profesiones liberales, a la Ciencia o al mundo de la Cultura o a la política, una gran parte de ellos dio lo mejor de sí mismos a esta tierra. Otros tuvieron destinos fuera de esta provincia; casi ninguno de ellos, ya nacidos aquí o solamente transeúntes, se olvidaron de nuestra querida Palencia.

La lista de alumnos fecundada por la calidad de la instrucción pública e sería voluminosa. Sirva recordar aquí a la flor y nata de la política local e intelectualidad que –simplemente por no ampliar la cronología de esta exposición- , hasta la Segunda República ocuparon los principales puesto de responsabilidad en la ciudad y provincia: Cirilo Tejerina, los Martínez de Azcoitia, César Gusano, los Díaz- Caneja, Matías Peñalba y Alonso de Ojeda, Emilio Casañé, Severino Rodríguez Salcedo y un largo etcétera. Algunos tristemente desaparecieron en episodios de lucha fratricida, en esa desgraciada contienda que arruinó el país y que nuestro querido amigo, recientemente fallecido, Julio Valdeón, al que antes nos hemos referido-no se cansaba en calificar de “incivil”.

Severino Rodríguez Salcedo fue alumno, profesor y Director de este Instituto, así como alcalde en dos periodos: época final de la Dictadura de Primo de Rivera y años después del estallido de la Guerra Civil. Muy injustamente tratado en esta ciudad, como se demostrará en alguna de las publicaciones de este Centenario –ya anticipados datos significativos por la conferencia de Ma Antonia Salvador sobre los profesores olvidados-. D. Severino fue, aparte de todas estas facetas, un importante intelectual de su tiempo, un verdadero faro cultural y uno de los fundadores de la Institución “Tello Téllez de Meneses”. Tuvo que vivir episodios muy difíciles para nuestro país, pero demostró su bonhomía en no pocas ocasiones.

Pintores como José Casado del Alisal o Juan M. Díaz-Caneja; literatos como Gómez de la Serna, al que antes robamos una jocunda frase que retrataba al bueno de D. Homobono –nunca mejor dicho- Llamas, Alejandro Casona o el conspicuo, heterodoxo y sorprendente Francisco Vighi, fueron alumnos representativos de esta etapa: alguno de ellos tuvo la suerte de gozar de las nuevas instalaciones en sus primeros años de vida, tras la inauguración de 1915 . En el mundo de las Ciencias destacaron hombres como el ingeniero Juan Zafra- quizá el primer estudioso del empleo del hormigón armado en su época-, proveniente del adscrito colegio de Carrión de los Condes, el arquitecto Jerónimo Arroyo, farmacéuticos como los Fuente y numerosos médicos de prestigio, en distintos puestos de responsabilidad. Citaremos, entre estos, a Emilio Díaz-Caneja, uno de los más prestigiosos oftalmólogos de su tiempo, Salvino Sierra, catedrático de Anatomía en la Universidad de Valladolid, Francisco Simón Nieto –a medias entre su vocación histórica, su formación como médico y su paso fugaz por la Alcaldía de esta ciudad- o Blas Sierra, un alumno pobre que gracias a su inteligencia y estudio dio un vuelco a su situación social, llegando a altas cotas profesionales y políticas. Nuestro recuerdo personal también para Hilarión González del Castillo, abogado y diplomático de profesión, pero también hombre preocupado por las tendencias más novedosas del urbanismo de su tiempo, visionario y hombre genial que se encontró así mismo como estudiante tras su paso por este Instituto y esta ciudad: un breve repaso de su expediente académico lo demuestra. Fue González del Castillo no sólo difusor de la ciudad lineal de Arturo Soria, sino también de las tendencias desurbanizadoras de origen anglosajón (ciudad jardín de Ebenezeer Howard) y teórico él mismo.

No quisiera abrumar a la concurrencia con una interminable lista de personajes, alumnos y profesores, de esta primera etapa del Instituto que concluye en estos años de construcción del nuevo edificio. Podrán ustedes conocer más de cerca a algunos de ellos muy pronto, tras la edición de una historia documental que está ya en imprenta. Es extraordinario, sin ningún género de dudas, presentar un plantel de personajes de primer orden -como el que acabamos de esbozar- en una ciudad de provincias, en el corazón de la vieja Castilla, que de por sí nos hace replantear el sentido no solamente en el capítulo de instrucción, sino también en la proyección cultural que propicia este viejo Instituto en la ciudad y provincia.

Y cómo no las mujeres. Sorprende encontrar desde muy pronto la presencia de mujeres en las aulas de este Instituto de Palencia. En el año 1873, Elia Pérez Alonso, hija del catedrático de Física y Química D. Saturnino Pérez Pascual fallecido un poco antes en circunstancias trágicas, inaugura este capítulo de nuestra Historia. Alumna de escasos recursos económicos, huérfana y de inteligencia muy viva, pudo llegar a la Segunda Enseñanza con una beca de la Excma. Diputación. Muy pronto destacó entre sus condiscípulos y con su actitud académica pudo vencer numerosos obstáculos y abrir el camino a otras más.

El catedrático de Historia D. Bernardo del Saz, un personaje notable en su especialidad, -en la Memoria inaugural del curso 1874-1875- glosaba la figura de la primera niña que acababa de llegar el curso anterior al vetusto caserón de San Buenaventura, posiblemente con la complicidad de los profesores –colegas de su padre- pero con las reticencias de una parte de su entorno social . No tenemos noticia de ningún alboroto en la clase a la que estuviera adscrita la joven Elia. Está comprobado en algún otro Centro este tipo de situaciones, si bien en Palencia no existe ningún comportamiento reprendido por el Consejo de Disciplina ni noticia proporcionada por otro tipo de fuente documental. También podemos asegurar que muy pronto la presencia de mujeres parecerá mucho más habitual en las aulas desde los primeros años del siglo XX.

Éstas son las palabras del profesor Sanz, encargado para ese curso 1874-1875 de impartir la lección inaugural:

“ Y si algun estímulo necesita vuestro amor propio; si alguno siente próximo á extinguirse en su alma el varonil aliento, que evoque el recuerdo de la presencia ante los tribunales de exámen de la tierna hija de nuestro malogrado compañero, Sr. Perez Pascual: ejemplos son que mortificar debieran el ánimo varonil los ofrecidos por ese sexo al que, Dios sabe con que justicia, hemos convenido en apellidar débil, llevando nuestra convencion hasta el estremo de considerarle inepto para todas las funciones públicas, declarando usurpación su competencia.

Sea cualquiera el grado en que yo participe de esta preocupacion ó asentimiento general, es lo cierto que considero como un deber atestiguar, ante los representantes del bello sexo que honran este acto solemne, que ora sea con la fuerza que necesitan las excepciones para anular las reglas generales, ora sea la facultad reflexiva en la muger mas profunda de lo que juzgamos, se ha dado aquí el caso, digno de elogio, de haber probado una niña, ante tribunales no por cierto predispuestos al soborno por encantos femeniles, que era digna de la calificación honrosa con que fueron recompensadas sus bien cumplidas tareas. Digna es así mismo de que su nombre encabece tal vez una preciosa lista que el feliz compañero suceda en este sitio publique con la satisfacción que yo esperimento al pronunciar el nombre de Dª Elia Perez.”

Elia Pérez no pudo concluir sus estudios, tras su traslado en el último curso de su carrera universitaria a Madrid, a la Universidad Central, donde encontraría probablemente algunas trabas, a lo que se añadiría su deficiente situación económica. Es un buen ejemplo de las vicisitudes de las alumnas y de la mujer en general, a la que se añadían numerosas trabas en su formación que excedían de las de la dificultad de los propios estudios.

A Elia Pérez le acompañará enseguida en las aulas de este Centro, Luisa Domingo (1874-1875) y muy pronto Trinidad Arroyo (1883-1884), las más exitosas de su generación. Pero junto a ellas van otras muchas, cuyos nombres vamos rescatando tras el estudio de los fondos documentales de nuestro Archivo y que señalaremos a continuación.

De este Instituto de Palencia saldrán algunas de las mujeres pioneras en los estudios universitarios de Medicina. Luisa Domingo es la quinta en alcanzar esa licenciatura (28 junio 1886) y la primera de toda España fuera del ámbito catalán, sin duda el territorio más desarrollado económicamente en este periodo de la Historia de nuestro país. Antes que ella habían finalizado sus estudios Universitarios en Barcelona otras cuatro mujeres, en un corto plazo de tiempo (1882-1886). En el mismo curso académico, con dos días de antelación, había realizado las pruebas de Grado de Licenciatura en la Universidad de Barcelona la cuarta mujer, Dolores LLeonart. Nuestra Luisa Domingo comparte con Martina Castells, otra de esas pioneras, la procedencia de un Instituto de una pequeña localidad: aquélla, Lérida, y ésta Palencia.

Las únicas mujeres que llegan a la Universidad y obtienen el título de Licenciatura en la Universidad de Valladolid en el siglo XIX son palentinas: Luisa Domingo y Trinidad Arroyo. Podemos sentirnos orgullosos en esta ciudad y provincia de este hito educativo, no resaltado hasta los estudios que hemos venido publicando con motivo de la celebración de nuestro Centenario. Recordemos además que este Instituto de Palencia tiene una alumna con titulación universitaria antes que los dos de la capital de la nación –San Isidro y Noviciado-, Madrid (Matilde Padrós 1890).

Seguirá más tarde un grupo de mujeres de diferente procedencia social, entre los que aparece una clara ampliación a sectores inicialmente al margen del acceso a la Segunda Enseñanza, y cómo no de procedencia territorial más amplia. Muchas de ellas desconocemos si pudieron terminar sus estudios fuera de este Instituto, otras desgraciadamente sabemos que los abandonaron. Algunas, y éste es un dato importante para la investigación, se acercaron a la Segunda Enseñanza provenientes de las Escuelas Normales. Todas van a permanecer en nuestro recuerdo y en las publicaciones que pronto verán la luz, y expresamos nuestra petición de reconocimiento popular a su esfuerzo y entereza y es un empeño personal del que les habla luchar por su reconocimiento.

No sería justo, llegado a este momento, seguir adelante sin recordar a todas las alumnas que abrieron los caminos a las mujeres en las aulas de este Instituto de Palencia, siempre desde el marco cronológico que aquí nos hemos marcado. Desde 1873- con la presencia de Elia Pérez- al primer curso en que se terminan las obras del nuevo edificio del Instituto General y Técnico, son las que ahora les voy a citar nominalmente y queden en el recuerdo de todos nosotros. Es posible que estén escuchando estas palabras algunos de sus familiares hoy y es un orgullo realizar ahora este homenaje:

Elia Pérez Alonso (1873-1874), Luisa Domingo García (1874-1875), Esperanza González Gutiérrez, del Colegio de Paredes (1879-1880), Marceliana López Tijero (1879-1880), María Jesús Linacero Maza (1880-1881), Emilia Valverde Emperador (1882-1883), Trinidad Arroyo Villaverde (1883-1884),  Mariana Álvarez Bollo (1887-1888), Elisa Orozco de la Cal (1889-1890) y Elisa Orozco de la Cal (1889-1890) -ambas del Colegio de Torquemada-, María Loreto Robert Martínez (1895-1896), Dionisia Payo Ruiz (1899-1900), Abilia Arroyo Pascual (1900-1901), Pilar Bertolín Tomás (1902-1903), Clinia Fuentes Carrión (1905-1906), Maria Nieves González Barrio (1905-1906), Cecilia Recio Ortega (1905-1906), Polixena Peinador Vega (1905-1906), Justina Rodríguez Blanco (1905-1906), Carmen Gullón Gullón (1907-1908), María Gudín Fernández (1909-1910), María Sagrario Trujillo (1909-1910), Elpidia Bravo Mancebo (1910-1911), Aurora Mateo Rodríguez (1910-1911), Juana Marquina Segura (1910-1911), Elena Alonso López-Inguanzo (1910-1911), Eugenia Pacheco Díaz (1910-1911), Matilde Chavarri Callejas (1910-1911), María Gloria Gómez Alvarado (1911-1912), Ángela Ibáñez Vargas (1912-1913), María Desposorios Alonso de Ojeda (1912-1913), María Carmen Vielva Otorel (1912-1913), Felisa Gómez Pelayo (1912-1913), María Delgado Gurriarán (1912-1913), Bernardina Bravo Carreras (1913-1914), María Milagros Fernández García (1913-1914), María Purificación Macho Vallejo (1913-1914), Cirila Ubaldina García Diaz (1913-1914), María Felisa Herrero Puertas (1913-1914),  María Lomas Vázquez (1913-1914), Leonor Santos Mareca (1914-1915), María de Castro Azorero (1914-1915), Inés Zarandona Alvarado (1915-1916), Clementina Huidobro Castrillo (1915-1916), María Estrella Puertas López (1915-1916), Juliana Vidal Rodríguez (1915-1916), Justa Ibáñez Vargas (1915-1916), Ramona Escudero Valverde (1915-1916), Irene Quintano Mazo (1916-1917), Jesusa González Linacero (1916-1917), Loreto Ordóñez de Mier (1916-1917), María Anunciación Pérez Lorenzo (1916-1917), María Asunción Alonso Herreros (1916-1917), Ma Josefa Díaz-Caneja Betegón (1916-1917), María Martín Nieto (1916-1917), Mercedes Yagüez del Río (1916-1917), Teresa Andrés Zamora (1916-1917), Victorina Blanco Espadas (1916-1917),Emma Martínez García (1916-1917), Ma Encarnación Pradels Lain (1916-1917), Ma Carmen Hortelano Varona (1916-1917), Gloria Alonso Maté (1916-1917) y Matutina Rodríguez Álvarez (1916-1917).

Algunas llegaron a un alto reconocimiento profesional y social en una segunda generación – la inmediatamente anterior a la llegada al nuevo edificio empezado a construir en 1908- Unas estudiaron todo su Bachillerato en el edificio viejo, caso de Carmen Gullón o de Nieves González, otras como Carmen Vielva compartirán ambos, y Matutina Álvarez, la hermana del gran Alejandro Casona, será una de las primeras alumnas del nuevo.

Desgraciadamente alguna de las alumnas de las citadas en la lista fue objeto de la brutal represión subsiguiente al inicio de la Guerra Civil. Éste parece ser el caso de Ubaldina García, maestra en ejercicio y fusilada en 1937, y a la que quiero recordar aquí ante todos ustedes y darle un homenaje más que merecido. Su trayectoria será recuperada en posteriores trabajos que estamos realizando en estos momentos.

Carmen Gullón (1902), Carmen Vielva Otorel (1913), Nieves González (1095) y Matutina Álvarez (1916) son buenos ejemplos de la excelencia educativa. A diferencia de Carmen Vielva, una de las más precoces catedráticas de Lengua y Literatura españolas en la Segunda Enseñanza, el resto siguieron la tradición decimonónica de modelo universitario y dedicación: la Medicina. Permítaseme dar algunos datos de este pequeño bloque de alumnas exitosas para que mis palabras sirvan de homenaje a su esfuerzo.

Carmen Gullón fue una brillante estudiante durante los cursos 1907- 1908 a 1912-1913. Tras finalizar su Bachillerato y pasar por la Universidad de Valladolid, fue la primera médico colegiada en Soria, ejerciendo en el pequeño pueblo de Duruelo. Forma parte de una generación que ya encuentra superados los requisitos legales de acceso a la Universidad, aunque sigue encontrando, como sus compañeras, las reticencias sociales. El ejercicio de la Medicina, en un ambiente poco propicio para la mujer –el rural-, debe colocarla en un lugar preeminente de nuestro repaso.

Nieves González, con un expediente de los más relumbrantes de toda la historia de este Instituto, alcanzó la Licenciatura en Medicina (1914) y elDoctorado (1915) por la Universidad de Salamanca , donde sus asignaturas se cuentan por sobresalientes y matrículas de honor. Su expediente universitario es muy similar al de la Segunda Enseñanza: nada parecía oponerse a la excelencia en su trayectoria. Fue Nieves González la segunda licenciada y doctora en Medicina por la Universidad de Salamanca, ya que Teresa Iglesias Recio había cursado esos mismos estudios (licenciatura en 1913 y doctorado al año siguiente), si bien lejos de la brillantez de nuestra querida alumna. Según la documentación consultada hasta este momento, fueron las dos primeras licenciadas en esa Universidad, en la que había cursado antes estudios de Filosofía y Letras Ángela Carraffa, que los continuó en Madrid y Valladolid. En esa Universidad obtuvo el Grado de Licenciada en 1890. Nieves González llegó a Palencia, tras pasar por los Institutos de León y Oviedo, con 21 años. Destacó no solamente en sus estudios en el Bachillerato y Universidad, sino también por su proyección profesional. Becada en Minessota y ligada a la prestigiosa Residencia de Señoritas de Madrid, su ejercicio como médico fue sobresaliente. Inspiradora del cuerpo de las visitadoras médicas, su labor social fue deslumbrante.

Matutina Álvarez, hermana del escritor Alejandro Casona, fue una médico pediatra de referencia en el Principado de Asturias y una estudiante extraordinaria. Todas las asignaturas cursadas en el Instituto Jovellanos, de donde procedía, y en éste de Palencia se cuentan por sobresalientes-honor. En Palencia permaneció durante el curso 1916-1917, alcanzando cuatro sobresalientes con premio y otros dos más en un total de seis asignaturas. Fue Jefa provincial de Salud Infantil de Asturias en 1934 y una de las máximas autoridades en su especialidad durante su vida profesional.

Algo les une a todas ellas: la preocupación por los más débiles y necesitados. Nieves y Matutina son buenos ejemplos de lo que digo. Esta última ayudó a su madre, maestra de profesión e inspectora después, a la creación y gerencia de una Mutualidad para niñas, participó en las Misiones Pedagógicas durante los años 1932-1933 con sus hermanos. Nieves, con su proyecto de visitadoras médicas, pretendía acercar la sanidad al universo de la población. Y qué decir de la actividad de Trinidad Arroyo en los proyectos de la Gota de Leche, una verdadera ONG de su época.

Los trabajos de Nieves González Barrio, conocedora del informe de la Fundación Rockefeller y la “National Organization for Public Health Nursing”, se dirigen a la idea central de la visitadora como “enfermera especializada” que, bajo la tutela estatal, realizara estudios variados de salud, con un título básico de bachiller elemental o de maestra nacional, y que “a semejanza de las maestra nacionales, vayan a los pueblos … a enseñar. Si aquéllas enseñan las primeras letras, éstas deben, en colaboración con los inspectores municipales y los médicos, enseañar higiene, prevenir la tuberculosis, propagar la lactancia materna, prestar los cuidados necesarios a las embarazadas … asistir a los partos normales, y en una palabra, contribuir… a … mejorar la raza y disminuir la mortalidad”: La modernidad de su trabajo le lleva a proponer la existencia de una red básica de Centros de Salud para asistencia social y servicios de higiene.

Carmen Vielva Otorel, nieta de organero por línea materna, e hija de antiguo alumno y funcionario de la Excma. Diputación fue otra las mujeres más destacadas y brillantes en este Centro. Tuvo la suerte de ser una de las beneficiadas con el cambio de edificio, junto con Matutina, trasladada desde su Asturias natal en 1916, ya inaugurada la obra de Arroyo.

Dedicada al mundo de las Letras fue, antes que Catedrática en el Instituto de El Ferrol (1928) profesora interina en Palencia. Aquí no dejó más que gratos recuerdos, como a lo largo de toda su trayectoria profesional y lo atestiguan las numerosas muestras de condolencia tras su muerte en Sevilla, ciudad en la que ejerció como Catedrática en el Instituto Murillo largos años. Tuve entre mis manos el expediente de depuración, similar al que los funcionarios debieron pasar tras la Guerra Civil: no hubo voz que pudiera mantener ni una mala opinión, ni personal ni académica de esta gran mujer, a excepción de algún taimado acusador al que no se tuvo demasiado en cuenta. Teniendo la suerte de no haber militado en partido o organización política de orientación republicana, pasó como tantos otros el expediente y siguió en el ejercicio de la docencia hasta su jubilación.

Cerraremos este breve capítulo dedicado a algunas de las más destacadas mujeres de nuestro Instituto con un emocionado recuerdo a Teresa Andrés Zamora. Nacida en Villalba del Alcor (1907), alumna y profesora ayudante de Letras de este Instituto, dirigió muy pronto sus pasos hacia el mundo de la cultura en los años de la II República. Tras una breve experiencia docente accedió por oposición al Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Museos (1931), en el que desempeñó un activo papel en la difusión del libro, siempre desde un posicionamiento de compromiso ideológico. Perteneció al Consejo Central de Archivos, Bibliotecas y Tesoro Artístico desde 1937 y compartió responsabildades con la conocida María Moliner, encargándose directamente del Fomento Bibliotecario. Falleció muy joven -39 años- en su exilio parisino tras haber pasado los rigores de la 2a Guerra Mundial y participar activamente en la Resistencia. Dejó en España una familia destrozada por la violencia de la Guerra – su padre y su hermano asesinados en los primeros momentos- y una prometedora carrera en su campo de especialidad. Su figura comienza a ser recuperada en los últimos años y colocada en el alto lugar que merece por su trabajo y competencia.

¿Pero… qué había sido de aquella ceremonia de colocación de la primera piedra del nuevo Instituto de Palencia? Intentaremos recuperar el hilo argumental con el que iniciamos esta exposición.

Aquel día, 3 de septiembre de 1908, partió una comitiva desde el Ayuntamiento y se dirigió de manera procesional al lugar elegido para levantar el edificio y, tras los correspondientes discursos y la acción prometeica del clérigo elegido para tal función, se declaró solemnemente el principio de las obras. Quedó, en testimonio para la posteridad y en una caja de cinz, “soldada y colocada en el hueco de la piedra que había de ser parte del cimiento del nuevo edificio” un recuerdo del evento, un acta firmada por los asistentes con los ejemplares de los periódicos locales a los que antes hicimos mención al principio de este discurso: La Propaganda Católica, El Diario Palentino, Tierra Castellana y El Día de Palencia, así como una moneda de cada una de las siguientes cantidades: cinco, dos, y una pesetas, cincuenta, diez, cinco , dos y un céntimos, respectivamente.

Esa caja sigue oculta en algún lugar de nuestro edificio. No importa demasiado encontrarla. Importa recuperar el símbolo, el sentido de las cosas. Y no es otro que la colaboración de toda la ciudadanía y sus representantes en las instituciones políticas, con la aquiescencia de lo que entonces podríamos definir como fuerzas vivas –iglesia, banca, justicia- en una tarea común que fue capaz de ilusionarlas, conectarlas y hacerlas sentir trascendentes. Opino que todos aquellos asistentes a esa ceremonia, con toda la parafernalia típica de su momento histórico, eran conscientes del momento que les tocaba vivir, de su proyección histórica. De ahí su vanidad de lanzar al futuro un ejemplo de ese día y de esa época: lo atestiguan los objetos que allí depositaron para las generaciones venideras.

El nuevo edificio, diseñado por Arroyo y Gallego trajo la modernidad de los principales avances en la educación. El proyecto arquitectónico habla de construir y amueblar los laboratorios y gabinetes de Física y Química e Historia Natural siguiendo el modelo de las más prestigiosas Universidades del momento: las alemanas . Y al edificio, paradigma de la arquitectura escolar por su traza, ecléctico en las formas y funcional en su cometido, lo definí, en la conferencia inaugural de este Centenario, recientemente publicada, como edificio de la luz.

Cierto es que su porte recuerda de lejos modelos del modernismo centroeuropeo –así ha sido definido estilísticamente por José Antonio González y José Luis Hermoso – conservando rasgos franceses en sus cúpulas y, cómo no, elementos directamente tomados de la arquitectura que se realizaba en aquellos momentos en Madrid (ejemplos). Se pretendía evitar y esconder en estos nuevos edificios cualquier rasgo historicista que pudieran ligarles al pasado: siempre se mira al futuro, sin atadura ninguna con ejemplos preexistentes. No hay –dicen los arquitectos- arquitectura de estas características al no existir una tradición escolar que los vinculara a pretéritas épocas. A diferencia de la arquitectura escolar de las Órdenes religiosas, inspirada frecuentemente en modelos “neo”, la arquitectura de los nuevos Institutos, de raíz pública, los evita.

En este edificio se vio encarnada la nueva Palencia. Su ubicación también se inspira en el horizonte temporal que se le abre en estos momentos. Aquí y ahora, se busca englobar el devenir en un marco que no sea capaz de desvincularla de su contexto histórico tradicional. Así, el nuevo Instituto se construye en el ensanche urbano, pero engarzado, alineado con el eje de su arteria cardinal: la calle Mayor. Presente y futuro unidos por un hilo a modo de cordón umbilical, sutil pero perceptible.

El tiempo de su construcción pudo desesperar e irritar tanto a los ciudadanos como a la Comunidad educativa por su lentitud: se prolongó desde 1908 a 1915. Los profesores deseaban ocupar los nuevos locales, sabedores de los recursos que proporcionaba para su digna función y las Actas de Claustro nos muestran claramente la intención de mudarse con prontitud al edificio de Gallego y Arroyo. La Junta de Obras, que vigilaba la realización de todos los trabajos, tanto de construcción como de amueblamiento, y la perfecta adecuación para cumplir los objetivos previstos, así como los requisitos marcados por la legislación en ese momento, mimaron cada detalle. Sabían también que su función tenía significado en el contexto de la enseñanza pública. Todavía nos emociona la lectura de la documentación generada por dicha Junta y la minuciosidad con que se trata el plan del nuevo edificio. Contaron con la complicidad del arquitecto Arroyo, bien relacionado con el equipo de profesores y la ciudad.

En el acta de inauguración del Instituto, tras la recepción provisional de las obras, fechada el 10 de septiembre de 1915, con la asistencia del Conde de Esteban Collantes, ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, y las principales autoridades locales y provinciales, así como de una nutrida representación ciudadana, se hace constar que “este fausto acontecimiento … señala una página de gloria en la historia y cultura” de la ciudad. No hay más que añadir, ya que continúa la línea de argumentos marcada en 1908 con el inicio de la construcción. La satisfacción de la obra terminada –aunque falten algunos años para la recepción- desborda la documentación y muestra un giro copernicano en la Historia de la Educación en Palencia.

Hoy, en este día 27 de agosto de 2009, tenemos otros retos, otras necesidades que demanda la ciudadanía y que conocen perfectamente todos nuestros representantes políticos, presentes en este Acto en el magnífico marco del Teatro Principal.

A pesar de las características de este momento tan complicado que vivimos en nuestro país y en una buena parte del mundo occidental y que el Sr. Alcalde nos recuerda en la introducción del actual programa de fiestas , no debemos olvidar aquí y ahora el compromiso de unas instituciones que caminaron de la mano en aquel lejano mes de septiembre de 1908 en la búsqueda de soluciones y mejoras de esta ciudad, ni tampoco a otros ciudadanos que nos antecedieron y que nos despejaron el camino hacia una sociedad más justa, con el referente y telón de fondo de la Educación pública. Debemos seguir exigiéndoselo. Fue Freinet, el célebre pedagogo, quien al dirigirse a los profesores exclamó:

“No podéis preparar a vuestros alumnos para que construyan mañana el mundo de sus sueños, si vosotros ya no creéis en esos sueños; no podéis prepararlos para la vida, si no creéis en ella; no podríais mostrar el camino, si os habéis sentado, cansados y desalentados en la encrucijada de los caminos”

Esta contundente frase debemos ampliarla a nuestros representantes políticos que tienen capacidad de actuación y gestión. Y, por supuesto, a todo el conjunto social, aterrizando finalmente en las familias, protagonistas esenciales de este complicado proceso de enseñar. Y recordad también, queridos profesores, que tenemos un alto papel, escasamente reconocido por muchos en el tiempo que nos toca vivir, pero que fue calificado certeramente por Bertrand Rusell de “guardianes de la civilización”.

La fiesta permite un paréntesis en la actividad cotidiana. Gracias a ella podemos archivar los hábitos y horarios diarios, dormir la frenética actividad que a veces acompaña a nuestro trabajo; también, cómo no, detenernos en la contemplación de lo simple y, a veces, pretendidamente insignificante. Permite la recuperación de amigos olvidados con el paso del tiempo, despertar sentimientos olvidados de gratitud y curiosidad, satisfacer instintos; obtener sabores y olores olvidados entre el bullicio del gentío, muchos de ellos adosados a nuestra infancia; despojarnos del uniforme de trabajo que se nos ha adherido sin saberlo como una segunda piel y recobrar los perfiles más humanos, lejos del dominio perenne de la rutina.

Fue Shakespeare quien afirmó que “si todo el año fuera fiesta, divertirse sería más aburrido que trabajar”, permítaseme esta cita traída de puntillas al discurso. Pero desde esta perspectiva, y con el sonido de cohetes y de la música popular que comenzará a recorrer muy pronto las calles de la ciudad, solo me queda desear a todos que estas fiestas de San Antolín nos ofrezcan esos días de júbilo y optimismo.

Pero su tiempo será breve; pronto regresará la ciudadanía a sus quehaceres habituales. Entonces, a partir de ese momento, necesitaremos algo más. Yo sigo reivindicando, con Anatole France, que sin utopía no existe progreso ni diseño de un futuro mejor; que no es ni más ni menos los “sueños” del citado Freinet. Y aunque no estoy tan seguro de que debajo de los adoquines de Palencia encontremos la arena de la playa –así pensaron los fatuos hombres del 68 francés- aseguro que he visto semilla de esperanza. Y que también la ilusión en un futuro mejor , aquél en el que creían los palentinos el 3 de septiembre de 1908, existe y, además, es posible.

Felices fiestas de San Antolín de 2009.

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